Dejar de ser invisibles:
las mayoras resilientes de Panchimalco

El Salvador

Red Nacional de Mujeres Indígenas de El Salvador

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Mujeres Indígenas de El Salvador enfrentan una diversidad de violencias: racial, de género, despojo territorial y cultural. Para combatirlas, la Red Nacional de Mujeres Indígenas de El Salvador (RENAMIES) se vale de la vida comunitaria, la sabiduría de las mayoras y de herramientas clave, como la RG39 de la CEDAW. Así, desde 2017 defiende los derechos de las mujeres Nahua-Pipil, Lenca y Kakawira.

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Una espiral de violencias y negación

Un círculo de Mujeres Nahua-Pipil, Lenca y Kakawira come en comunidad; la luz de la tarde ilumina sus rostros. Sirven cacerolas grandes con frijoles y huevo duro, huacales con queso fresco que ellas mismas prepararon; ríen, platican, tejen, comparten. Las voces se extienden por los corredores de tablas, por las casas humildes sostenidas con sus manos y sus murmullos. Hasta hace cinco años, muchas de ellas no sabían que juntas, las Mujeres Indígenas podían ser tan fuertes. “Sabemos que más de la mitad de las Mujeres Indígenas de El Salvador han sido víctimas de maltrato; muchas no denunciaban, se lo callaban, siempre había sido todo en silencio”, dice María Omelina Méndez, lideresa Nahua de 64 años, originaria de Sonsonate.

Durante las guerras internas, los pueblos indígenas de El Salvador fueron segregados, convertidos en los fantasmas de una población atravesada por el accionar de pandillas y por recurrentes desapariciones. En ese contexto, las mujeres experimentaron, además, múltiples abusos y para sobrevivir, se vieron forzadas a callar.

Las Mujeres Indígenas de El Salvador, comenta María Omelina, han enfrentado violencias interseccionales agravadas por su grupo étnico y por el género, incluyendo la doméstica, psicológica y económica, la sexual y los feminicidios, la discriminación racial y la violencia estructural. Consideradas ciudadanas de segunda clase, se les ha negado la tenencia de la tierra, el derecho a conservar su lengua materna y hasta incluso se las ha privado de su identidad.

Las múltiples violencias y la estigmatización experimentadas por décadas han llevado a que, en San Salvador, capital del país centroamericano, de una población de más de 6 millones solo 68000 se autoadscriban como personas indígenas.

En Panchimalco, un municipio rural enclavado en los cerros, con calles de roca y tierra húmeda, a 15 kilómetros de San Salvador, el despojo y el maltrato hacia los pueblos originarios, en particular hacia las Mujeres Indígenas, llegaron a normalizarse. El miedo, el silencio y la fragmentación se volvieron moneda corriente.

Dejar de ser invisibles

Con el objetivo de enfrentar las violencias estructurales y la discriminación, en 2017 surge una colectiva: la Red Nacional de Mujeres Indígenas de El Salvador (RENAMIES). “Para combatir tantos años de invisibilidad, nos acompañamos del proyecto Prevención de violencia de género en Mujeres Indígenas desde la diversidad cultural, auspiciado por el Fondo Ayni del Foro Internacional de Mujeres Indígenas (FIMI)”, relata Claudia Pérez Valiente, defensora indígena de las mujeres, integrante del grupo coordinador de la RENAMIES.

El proyecto se llevó a cabo en dos etapas. “La primera fue el desarrollo de un diálogo intergeneracional urgente en las zonas oriental, occidental y central del país, con el objetivo de encontrarnos y reencontrarnos”, continúa explicando Claudia.

Sostiene que juntas diseñaron una campaña de sensibilización que evidenciara las formas de violencia que sufren las mujeres salvadoreñas. Implementaron foros nacionales con autoridades de instituciones públicas de todo el país, en los que involucraron a niñas, jóvenes y hombres para conversar sobre la fuerza ancestral de las Mujeres Indígenas, sus derechos y la urgencia de liberar sus entornos de violencia. “Cada acción nos permitió sembrar las semillas de las que brotarán nuevas flores”, culmina Pérez Valiente.

“Hemos aprendido a ser resilientes ante las amenazas, durante todo el proceso que vivimos con FIMI pudimos sacar lo que nos dolía; los encuentros han sanado nuestra mente, nuestra alma, nuestro cuerpo”, agrega María Omelina Méndez.

Antes de las jornadas de prevención de violencia de género, dice, estaba muy tensa, se sentía emocionalmente frágil a pesar de su edad y los años de experiencia: “Entender que no es normal sentir miedo me ayuda a acompañar en sus luchas contra la violencia a las más jóvenes”.

Su nieta, Keisi Ivetth, tiene 13 años y ha perdido la lengua materna. Quedan pocas mayoras que puedan transmitir las tradiciones. “Mi niña será una mujer que defienda sus derechos, porque, aunque ya no hable su lengua materna, sí se reconoce como una Mujer Indígena”, agrega emocionada María Omelina.

El sueño de la participación plena y efectiva

En la segunda etapa del proyecto, se valieron de distintas herramientas para concientizar y hacer frente a las violencias: crearon y representaron una obra de teatro, fortalecieron sus capacidades productivas y financieras, desarrollaron la arteterapia partir de pintura, agujas, lápices de colores, arcilla, tijeras y papel en un marco de convivencia comunitaria.

El teatro les permitió concientizar desde el juego: pintarse los rostros, convertirse en personajes imaginarios, montar diálogos como niñas en medio de la selva. Las capacitaciones las fortalecieron en su independencia económica, indispensable para desafiar la violencia: construyeron corrales para aves de traspatio y un huerto comunitario, y recibieron educación financiera.

Pero, sin dudas, una de las estrategias más importantes fue la difusión de la Recomendación General 39 (RG39) del Comité CEDAW, La RENAMIES imprimió el informe de la RG39, un documento crucial de la ONU que insta a los Estados a combatir la discriminación interseccional y la violencia que enfrentan las Mujeres y Niñas Indígenas. Las hermanas lo compartieron en todos los encuentros, y fue recibido con asombro y alegría por las mujeres.

“El informe nos ayudó a entender los mecanismos de opresión que existen, pero también nos permitió dialogar para fortalecer la identidad cultural, la cosmovisión, la historia y lo que tiene que ver con la gobernanza comunitaria” comenta Betty Elisa Pérez, coordinadora de la red, orgullosa por lo que lograron durante el proceso de formación.

Olga Idalia Mestizo, Mujer Indígena originaria de Nahuizalco, Sonsonate, e integrante de la red, asegura que “donde hay mujeres organizadas es posible asegurar el acceso a la justicia, la salud, la educación, la tierra y la participación política, porque nuestro rol es vital para la cultura y el medio ambiente”. Rodeada por cafetales sobre los que se extiende la llovizna, culmina: “Por eso creemos que es importante que FIMI continúe acompañándonos, para alcanzar la participación plena y efectiva en los procesos nacionales”.

Un horizonte claro

En los caseríos de Panchimalco todavía pueden verse casas de adobe a las que la luz del día apenas ilumina. Suelos en ruinas que dejaron los temporales de hace un par de meses. A pesar de ello, las Mujeres Indígenas salvadoreñas se juntan contentas porque llevaron sus foros a Casas de Cultura que antes permanecían cerradas. Entretanto, hablan de la crianza, los nietos, explican cómo muchas crecieron en el campo (entre el despojo y la violencia) y no pudieron terminar los estudios. Ahora, gracias a la RENAMIES, todas son conscientes de los abusos y están decididas a que la situación mejore.

“Sabemos de dónde venimos, sabemos ahora adónde vamos, somos una semilla bendecida por la tierra, por el agua y el viento”, dice Omelina, mientras toma con sus manos pequeñas pero sabias, una rueda con flores de la abundancia. Mañana, muy temprano, casi cuando amanezca, las hermanas irán juntas a hacer la sopa y las tortillas a la vera del río. Cerrarán los ojos para sentir el agua fría en las viejas cicatrices, recordarán sus orígenes como mayoras Nahua-Pipil, Lenca y Kakawira.

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