Los Muiscas, protectores de la semilla, ejercen una organización en espiral donde la punta la tiene el hombre, pero los cimientos y la continuidad le pertenecen a la mujer. Así lo muestra el Mito de Bague, que dice que en el principio solo existía Bague, la Madre Abuela. Cuando ella gritó, aparecieron los dioses, la luz, las plantas, los animales y los Muiscas. Para las mujeres Muiscas, ellas fueron sembradas como luceros en el espacio. Incluso luego del reconocimiento del Cabildo, la autodeterminación es un proceso que les ha costado mucho, porque su vida cotidiana se rige por las leyes de los clanes familiares.
Sanar a través de la palabra
“Antes del acompañamiento de FIMI, las Mujeres Muiscas no sabían identificar las heridas del desconocimiento de su rol como mujeres cen el contexto comunitario; sentían que su palabra no valía, que no eran suficientes”, reflexiona Diana Cobos. Esta lideresa comunitaria coordinó el proyecto Ser Mujer Indígena en busca de sanación, impulsado por el Fondo Ayni de FIMI y desde entonces, confiesa, tiene el pecho encendido de gusto.
De las 115 mujeres que empezaron a trabajar la cura interior, 95 concluyeron durante un año el proceso que les ayudó a sanar. La deserción fue mínima, porque se trató siempre en cada reunión de un nuevo descubrimiento a través del ejercicio ritual, cultural y psicológico. Cuenta Diana que se trató de una transición donde participaron sabedoras, parteras y lideresas. Juntas, fueron creciendo y soltando cargas que llevaban encima de manera individual, familiar y colectiva: “Este proyecto empoderó mujeres. Pasamos del proceso interno a un proceso de integración donde nos descubrimos parte de un colectivo, nos expusimos con nuestras susceptibilidades y nos hicimos fuertes, dejamos atrás el abandono”.
Carmen Elena Neuta, participante del proyecto, comenta: “Estos encuentros nos dieron la oportunidad de desahogarnos, de conocer a nuestras compañeras que viven duelos tremendos”. Cuenta con alegría que hizo un ritual de purificación: se bañó dos veces en aguas cristalinas, y pudo perdonar y perdonarse.
Olga Pinto se siente liberada: “Aprendí a dejar el odio, a pensar en mí misma, a entender que en la casa uno piensa en el esposo, en los hijos, pero nunca en una y estos talleres nos han enseñado eso, a reconocernos”. Escribió una carta para ella misma donde descubrió sus fortalezas y capacidades como Mujer Indígena.
La consolidación del Consejo de Mujeres
“Con los encuentros nos identificamos como familias grandes, nos dimos cuenta cómo las dinámicas urbanas y de las ciudades nos habían separado; encontrarnos nos permitió sanar, las mujeres hablaron con otras de otros clanes y pudimos a partir de esto fortalecer el Consejo de Mujeres; las lideresas logramos ponernos de acuerdo”, comenta Diana Cobos. El impacto colectivo del acompañamiento de FIMI se trasladó de un espacio de sanación integral a un movimiento de mujeres que resignificaron su rol en el mundo, confiesa.
El Cabildo Muisca pasó de tener 20 mujeres que a veces asistían a las asambleas para tener roles de decisión, a consolidar un Consejo de Mujeres integrado ahora por 50 lideresas. Se trató de un despertar simbólico y real, al grado que tras el primer proyecto (que empezó en enero de 2025), un año después, ellas siguen solicitando ese espacio para volver a compartir.