Herencia que sana:
el camino espiritual de las Mujeres Muiscas

Colombia

Cabildo Muisca de Bosa

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Trulli Trulli

Los Muiscas han experimentado en Colombia múltiples violencias y despojos. Ubicado en el corazón de Bogotá, el Cabildo Muisca de Bosa enfrenta esos abusos defendiendo el territorio y rescatando prácticas ancestrales. Las Mujeres Indígenas que lo conforman se han fortalecido dentro de sus clanes a partir de la ritualidad y el autocuidado.

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Una historia de dolor

Decenas de mujeres se abrazan frente al fuego. La espiral del humo blanco se eleva sobre ellas. Han salido del Cusmuy, la casa sagrada común donde compartieron la medicina y la espiritualidad para hacer ofrenda a las lagunas. Son Mujeres Indígenas descendientes de los Muiscas. Se miran a los ojos: tocan maracas y tambores, se asumen como tejedoras u orfebres. Vestidas de blanco, sostienen con sus manos la antigüedad sagrada de la Cordillera Oriental de los Andes en el centro de Bogotá, la capital de Colombia.

Como parte de los Muiscas, ellas, sus hermanas y hermanos o sus antepasados han experimentado múltiples violencias desplazamientos forzosos por enfrentamientos armados o por las consecuencias del cambio climático y la contaminación; despojo territorial por parte de empresas extractivistas o especuladores inmobiliarios; racismo, negación o apropiación cultural; violencia de género dentro o fuera de su comunidad. Solas, o dispersas, las Mujeres Muiscas no han podido combatir estas violencias.

La vuelta al territorio ancestral, y su reconocimiento a partir de la lucha conjunta, les ha permitido encontrar estrategias para enfrentar los abusos y fortalecer su identidad. como indígenas y como mujeres.

La lucha por el territorio

Durante más de diez años, los clanes nucleados en el Cabildo Muisca de Bosa han luchado y negociado con el Distrito de Bogotá para que se reconozcan sus territorios ancestrales frente al avance de la urbanización y las ocupaciones ilegales.

Actualmente, el Cabildo es una organización de carácter especial reconocida por el Ministerio del Interior de Colombia. Los clanes que la integran son pobladores originarios de Bacatá, el nombre indígena de Bogotá. Un pueblo antiguo en el que hombres y mujeres se dedicaban al trabajo de la tierra y a la pesca, cuando los territorios eran extensos y fértiles, y las aguas del río no estaban contaminadas.

El reconocimiento del Cabildo les permitió a sus integrantes impulsar actividades para recuperar la memoria y los saberes ancestrales. Allí se llevan a cabo prácticas tradicionales que rescatan la cultura, la educación, la medicina, la economía, las formas de gobierno y la justicia propias. Así, se preserva el legado de los ancestros y ancestras presente en la sangre de los diferentes clanes que integran el Cabildo. Reunidos en los círculos de la palabra, los mayores y mayoras comparten sus historias y sus conocimientos para que toda la comunidad pueda ponerlos en práctica.

Los Muiscas, protectores de la semilla, ejercen una organización en espiral donde la punta la tiene el hombre, pero los cimientos y la continuidad le pertenecen a la mujer. Así lo muestra el Mito de Bague, que dice que en el principio solo existía Bague, la Madre Abuela. Cuando ella gritó, aparecieron los dioses, la luz, las plantas, los animales y los Muiscas. Para las mujeres Muiscas, ellas fueron sembradas como luceros en el espacio. Incluso luego del reconocimiento del Cabildo, la autodeterminación es un proceso que les ha costado mucho, porque su vida cotidiana se rige por las leyes de los clanes familiares.

Sanar a través de la palabra

“Antes del acompañamiento de FIMI, las Mujeres Muiscas no sabían identificar las heridas del desconocimiento de su rol como mujeres cen el contexto comunitario; sentían que su palabra no valía, que no eran suficientes”, reflexiona Diana Cobos. Esta lideresa comunitaria coordinó el proyecto Ser Mujer Indígena en busca de sanación, impulsado por el Fondo Ayni de FIMI y desde entonces, confiesa, tiene el pecho encendido de gusto.

De las 115 mujeres que empezaron a trabajar la cura interior, 95 concluyeron durante un año el proceso que les ayudó a sanar. La deserción fue mínima, porque se trató siempre en cada reunión de un nuevo descubrimiento a través del ejercicio ritual, cultural y psicológico. Cuenta Diana que se trató de una transición donde participaron sabedoras, parteras y lideresas. Juntas, fueron creciendo y soltando cargas que llevaban encima de manera individual, familiar y colectiva: “Este proyecto empoderó mujeres. Pasamos del proceso interno a un proceso de integración donde nos descubrimos parte de un colectivo, nos expusimos con nuestras susceptibilidades y nos hicimos fuertes, dejamos atrás el abandono”.

Carmen Elena Neuta, participante del proyecto, comenta: “Estos encuentros nos dieron la oportunidad de desahogarnos, de conocer a nuestras compañeras que viven duelos tremendos”. Cuenta con alegría que hizo un ritual de purificación: se bañó dos veces en aguas cristalinas, y pudo perdonar y perdonarse.

Olga Pinto se siente liberada: “Aprendí a dejar el odio, a pensar en mí misma, a entender que en la casa uno piensa en el esposo, en los hijos, pero nunca en una y estos talleres nos han enseñado eso, a reconocernos”. Escribió una carta para ella misma donde descubrió sus fortalezas y capacidades como Mujer Indígena.


La consolidación del Consejo de Mujeres

“Con los encuentros nos identificamos como familias grandes, nos dimos cuenta cómo las dinámicas urbanas y de las ciudades nos habían separado; encontrarnos nos permitió sanar, las mujeres hablaron con otras de otros clanes y pudimos a partir de esto fortalecer el Consejo de Mujeres; las lideresas logramos ponernos de acuerdo”, comenta Diana Cobos. El impacto colectivo del acompañamiento de FIMI se trasladó de un espacio de sanación integral a un movimiento de mujeres que resignificaron su rol en el mundo, confiesa.

El Cabildo Muisca pasó de tener 20 mujeres que a veces asistían a las asambleas para tener roles de decisión, a consolidar un Consejo de Mujeres integrado ahora por 50 lideresas. Se trató de un despertar simbólico y real, al grado que tras el primer proyecto (que empezó en enero de 2025), un año después, ellas siguen solicitando ese espacio para volver a compartir.

“Las mujeres dicen que el proceso lo quieren llevar a cabo con sus hijas, que se extienda a otras Mujeres Muiscas, a otros clanes, porque al tener sanación holística y ritual, y añadirle acompañamiento psicosocial, logran identificar y armonizar desequilibrios profundos”, explica Diana Cobos. Agrega que incluso lograron superar el obstáculo de la falta de un terreno amplio para hacer las actividades, que el ímpetu de las mujeres fue mayor a la falta de una casa grande.

Rituales de integración

La huella de cien mujeres llorando, divirtiéndose, autoconociéndose a través de los recursos financieros, humanos y materiales propiciados por el Fondo Ayni dejó también huella en la gobernanza del Cabildo. Diana asegura que las autoridades se fortalecieron al grado de que descubrieron que hay otras formas de sensibilizar los procesos comunitarios y construir un movimiento más grande e integral..

“El proyecto dio aportes para la reflexión sobre cómo la espiritualidad da a la Mujer Indígena Muisca seguridad, pero también en el Cabildo nos dejó insumos importantes; el proyecto con FIMI nos dio la posibilidad de romper los sesgos, porque a veces las autoridades son las mismas, y aquí pudimos participar todas las mujeres”, dice Ivone Mateus, rodeada de sus hijas y su madre, que también vivieron la experiencia de sanación.

Para Amparo Ochoa, la integración fue lo más importante, no haber ido de paseo a donde se hicieron los rituales, porque ella en las reuniones encontró paz y silencio en medio de los problemas cotidianos. Para ella se trató no solo de bordar o jugar, sino de un encuentro con su cultura, el autocuidado y el amor propio.

Reconstruir la propia historia

Las mujeres cantan a orillas del río del Tunjuelo, hacen coros; otras han dejado de llorar. Han fortalecido la consciencia de sí mismas. Se ven a los ojos y no saben qué sonido produjo cada una y cómo, pero están juntas hablando de sus usos y costumbres, la religión enseñada y transmitida desde el interior de las familias, las danzas rituales, la práctica oral de sus clanes, el respeto por sus mayoras y mayores.

Diana ha tenido problemas familiares en estos días, pero sabe que tiene una comunidad de mujeres que la arropan, que aprendieron a sanar y sanarse. Dice que pueden hacerlo porque las Mujeres Muiscas están reconstruyendo su historia. Ahora están llenas de otras mujeres que compartieron sus heridas, son como pequeñas rocas de fuego arrojadas a un arroyo que dejan al paso del agua su ceniza.

El Cabildo ahora es un lugar tranquilo de casas bajas con tierra roja y matas verdes. Una sabedora mayor toma el mambe, un polvo tostado, molido y cernido de hojas de coca junto a cenizas de yarumo, lo lleva a su boca y lo mezcla con su saliva. El humo impregna los cuerpos de las mujeres que cantan felices con ojos cerrados.

Trulli